Alessandra y Marco

Cantar de los hijos de la noche

ALESSANDRA

Termino de acomodar la inconfundible caja a rayas rosa y fucsia de Victoria´s Secret dentro de la maleta y coloco sobre ella una de las camisas de Marco. No puedo evitar que una pícara sonrisa asome a mis labios imaginando su cara cuando le muestre su regalo. Miro a mi alrededor para comprobar que no he olvidado nada, cierro las hebillas y paseo la palma de mi mano por la superficie de piel, adoro el tacto y el olor de esas viejas maletas de Louis Vuitton.

Ajusto las medias a mis muslos eliminando una arruga inexistente mientras ciño el vestido a mis caderas, me acerco al tocador y me miro al espejo, compruebo que el suave tejido se adapta a mi cuerpo como un guante, le sienta bien el color negro a mi pálida piel, y el gloss de intensísimo color escarlata hace que mis labios resulten deliciosamente apetecibles. Suelto una carcajada, creo que esas fueron exactamente las palabras que usó Marco la primera vez que lo borró de mis labios con sus besos.

Descuelgo el teléfono interno y llamo a Brigitta.

−Sí −respondo a su pregunta de si ya está todo preparado−. Gracias Brigitta por mantener a Marco ocupado.
−Entonces… ¿No sospecha nada? −casi puedo adivinar su sonrisa tras el aparato.
−No, creo que va a ser la primera vez que logro sorprenderle. Brigitta…
−Sí, señora, me ocuparé de que lleven el equipaje al coche. Paul también está preparado.
−Gracias Brigitta −me despido antes de colgar el teléfono y salir de la habitación.

Recorro con parsimonia esos largos corredores ahora desiertos, la frialdad de esas piedras milenarias que componen los robustos muros resulta casi reconfortante, atravieso un par de amplísimos salones hasta llegar a la majestuosa escalera de mármol y desciendo a la primera planta. El silencio resultaría casi ensordecedor sino estuviera roto por el sonido del repiqueteo que producen mis altísimos tacones sobre el suelo mientras continúo avanzando. Solo me cruzo con un par de silenciosas doncellas que, tras detenerse unos instantes y hacer una leve inclinación de cabeza, continúan con presteza en dirección a nuestras habitaciones, sonrío de nuevo mientras mis ojos se desvían un instante, a través de uno de los amplios ventanales, a la cima de esas altas montañas que aparecen mucho más blancas de lo que lucen habitualmente.

Antes de llegar hasta su puerta sé que no está solo, incluso desde la distancia soy capaz de notar ese casi imperceptible tono de paciencia que está imprimiendo a su voz, y aunque no hubiera podido identificar el aroma a flores de su acompañante, ese ínfimo detalle sobre el timbre empleado en su voz hubiera sido pista suficiente para adivinar que está hablando con Ever. La negativa parece tajante, pero también percibo que está de buen humor.
Antes de abrir la puerta sin anunciar mi presencia alcanzo a escuchar la última frase que Marco arrastra.

−Nooooo, ya te he dicho que no. Ni árboles, ni bolas, ni estrellas −casi puedo intuir cómo reprime un leve soplido−. Y por supuesto que no puedes alquilar renos.
−Pero Jefe…
−!No¡ Solo a ti se te podría ocurrir semejante majadería. ¡Traer renos a Suiza! Hola querida –me saluda levantándose de su sillón tras la amplísima mesa de caoba. Cualquier persona tomaría este gesto como una invitación a abandonar el despacho, pero Ever no, su cerebro no funciona como el del resto de los mortales, en este caso como el del resto de los inmortales, o cualquier otro ser con capacidad de raciocinio.
−Hola querido… ¿Muy ocupado? −le beso fugazmente mientras espero que Ever decida dejarnos solos, pero parece reticente, me encojo de hombros y miro a Marco quien debe estar a punto de ordenar que se largue, así que sin darle más opción a nada tomo su mano y tiro ligeramente de él−. Me temo que tendrás que dejar lo que sea que estuvieras haciendo. ¡Nos vamos a Londres! −y no puedo evitar mirar a Ever, que parece no tenga intención de irse aún.
−Pero… −parece iniciar una fingida protesta que no estoy dispuesta a aceptar.
−Sin excusas… Está todo preparado −digo con firmeza. Me encanta haber podido pillarle desprevenido. Ever hace ademán de levantarse e intervenir, pero Marco la ataja.
−Ever ¡no quiero oírte!

Salimos del despacho a la vez, Ever lo hace iniciando una alocada carrera en dirección al ala sur del castillo, Marco parece a punto de protestar por la forma de proceder de Ever, cuando debe haberlo pensado mejor y acaba por hacer un gesto de resignación elevando levemente ambos hombros, mientras niega despacio con un movimiento de cabeza.

−Lo sé querido, te entiendo..−. y tiro de su mano pare evitar que suba la escalera hacia la planta superior−. No, ya te he dicho que lo tenía todo preparado.
−Pero mis…
−Tus cosas también están preparadas −me cuelgo de su brazo mientras descendemos los escalones que nos llevan directamente al garaje−. Tu cartera, tu móvil…, no te preocupes no he olvidado nada.
−Creo que empieza a gustarme esto de que me secuestres −asegura mientras subimos a la parte trasera del coche que nos llevará al aeropuerto.

Sonrío feliz, en unas horas estaremos solos, completamente solos, lejos de la Fortaleza, de las obligaciones, de las normas y de cualquier otro ser vivo o muerto.

EVER

Corro por el pasillo después de abandonar el despacho de Marco, ha sido reticente a todas mis brillantes ideas, bueno en realidad sería más acertado decir que las ha rechazado todas, es peor que el Ghinch. Pero Londres en Navidad tiene que ser una pasada. Entro rápidamente en la habitación, ni tan siquiera reparo en que él está dentro, sentado en la cama, lee un libro.

−¿Te has confundido de alcoba?
−Mmmmmm −mira a su alrededor con cara de fingida sorpresa−. Ya decía yo que esto estaba muy desordenado.
−No es desorden, es un sistema alternativo de almacenamiento de cosas.

No puede evitar soltar una carcajada cuando lanza el libro a un lado y me sorprende cogiéndome en volandas, besando la punta de mi nariz. Esos arranques amorosos que solo podemos permitirnos de puertas hacia dentro, ya que para todo el mundo no somos nada y nada es lo que hay entre nosotros.

−Aless nos ha invitado a ir a Londres.
−¿Qué? ¿Para qué?
−Pues para celebrar la Navidad, tonto.
−¿En serio? −parece dudar.
−Claro, me ha dicho “venga nos vamos a Londres”, y que lo tenía todo preparado.
−Pero…
−¿Qué?
−Yo pensaba en quedarnos aquí… −su mano se cuela bajo mi camiseta−. Tú y yo… solos… −sus labios besan la curva de mi cuello, haciendo que se me erice la piel.
−Peroooo… ¡¡Es Navidad!!, podemos follar cada día del año… Navidad es para pasarlo en familia… ¡Venga! ¡Será divertido! ¡Comeremos turrón!
−Estás loca −y su mano palmea con fuerza mi culo antes de tirar de mí hacia él.
−Soy una loca entrañable…

Salto de su regazo, donde me ha acomodado abro el armario y tiro el petate al suelo, un par de vaqueros limpios, un jersey de lana rojo, algo de ropa interior… Huelo disimuladamente la camiseta que llevo, podemos aceptarla por limpia. Me miro en el espejo del baño, por el reflejo puedo ver cómo Step sonríe. Recojo mi pelo en una coleta y después lo enrosco todo para terminar convirtiéndolo en un moño desenfadado.
Él siempre tiene su petate listo para partir, así que en pocos minutos estamos camino del aeropuerto, mientras Step conduce por las serpenteantes carreteras heladas yo ya he comprado dos billetes en el siguiente vuelo a Londres, eso de no tener que vivir preocupado de que final de mes sea el día 10 de cada mes es un lujo al que no cuesta nada acostumbrarse. Subo el volumen de la radio para dejar de escuchar las protestas de mi compañero, que no entiende por qué si nos han invitado a Londres no nos han esperado para ir todos juntos y parece mostrar “cierta reticencia” a mi plan.

−¡Oh! venga Step, se habrán ido para preparar la casa para cuando lleguemos.
−¿Puedes quitarte eso de la cabeza?
−¿¿¿Mi gorrito de Elfo??? ¿¿¿Por qué??? ¿No te gusta? −empiezo a torcer la boca en un puchero−. ¿No te gusta mi gorrito de elfo?

Sonríe, mientras pasa la mano por su cabeza.

−Estás preciosa nena, me encanta.
−Así me gusta.

Ahora soy yo quien sonríe satisfecha. Le miro de reojo, con la vista puesta en la carretera, vamos a pasar una gran Navidad, mucho mejor que la anterior, entre barro y neófitos amarillos intentando darnos caza. Y va a ser nuestra primera navidad juntos… juntos de… estar juntos. No puedo evitar que una tonta sonrisa vuelva a asomar a mis labios, y el pensamiento de que le amo se queda infinitamente corto, después de todo lo que hemos pasado, tras caminar por un laberinto hasta por fin dar con él, esperando en el centro.
Londres nos recibe húmeda, con niebla, misteriosa, casi tétrica, pero no blanca. Camino arrastrando mi petate dos pasos por detrás de Step, que ha puesto la directa dirección a la parada de taxis. Yo miro alrededor, ¿dónde está la nieve? No puedo creer que no haya nevado en Londres, es un sin sentido, irse de las montañas blancas de Suiza para pasar la Navidad en un sitio sin su mágica capa blanca, sin esos copos perfectos danzando suspendidos en el aire hasta caer al suelo…

−Señora −digo agarrando a la mujer de mi lado por el brazo−. ¿Y la nieve?
−Este año aún no ha nevado chiquilla.
−No me jodas, ¿en serio…?
−¡Ever! −Step aparece de pronto−. Lo lamento −y obliga a que mi mano suelte la chaqueta de la mujer que prosigue su camino−. ¿Qué pasa ahora?
−Step… no hay nieve.
−¿Y…?
−Qué es Navidad… Tiene que haber nieve.
−Pues nena… no hay −resopla, abre la puerta del taxi y me cede el paso.
−¡¡Pero yo quiero nieve!!!
−Ever… −Step le indica al taxista la dirección−. Cariño, lo siento… No hay nieve, pero te lo pasarás bien de igual modo.
−Quiero nieve… −susurro−. Stephano quiero nieve… Haz que nieve.

Al menos espero que Aless tenga árbol de navidad para poder poner los regalos debajo.

MARCO

Es un misterio navideño. ¿Qué esconde Alessandra bajo el batín? Me lo llevo preguntado desde que la he visto descender por las escaleras, mientras yo encendía la chimenea, ella ha ido a “ponerse cómoda” y ahora el que está incómodo soy yo, porque no hay nada más perverso que aquello que la mente de un macho enfermo pueda imaginar. Pero parece que no está dispuesta a desvelar dicho secreto, debe ser el mejor guardado de todo el Reino Unido, y a pesar de que he intentado tirar del fajín de su bata de seda, la muy ladina todas las veces ha sido más rápida que yo.

−Necesitamos vino
−Tenemos vino −digo saliendo de la cocina con una botella de Richebourg Gran Cru en una mano y dos copas en la otra.
−Me encanta el invierno, el frío, el fuego…
−Los polvos en la alfombra –termino la frase por ella.
−Los polvos en la alfombra −confirma pícara.

La tarde ha caído rápida, dando paso a una noche estrellada, solo a la luz del fuego, tumbados sobre el mullido tapiz, bebiendo vino y riendo con la camarería que solo dos seres como nosotros podemos alcanzar. Mi mano ya se ha adentrado entre las filas enemigas, sorteando el primer obstáculo, tomando posiciones en primera línea de fuego, a punto de alcanzar el objetivo fijado en la misión, solo quedan unos pocos centímetros para que la humedad de su sexo empape mi mano, cuando el sonido de un coche hace que por un segundo deje de prestar atención a mi avanzadilla, un frenazo, un olor, unas voces familiares, y de pronto unos nudillos golpeando la puerta.

−¡No puede ser! −exclama Aless, de tener que hablar yo sería sin duda algo más blasfemo lo que hubiera salido de mis labios−. ¿Marco? ¿Qué hacen aquí?

Me va a encantar averiguarlo, pienso al levantarme, me acomodo la entrepierna, pues la dureza de mi miembro es más que evidente. Tiro de la puerta, por un momento creo haberla arrancado, frente a ella, bajo el manto estrellado que se ha formado en la noche, Ever sonríe divertida con un gorro verde y rojo que mueve haciendo sonar unas estridentes campanitas. Detrás de ella Stephano con unos cuernos de reno en la mano, con ese rictus de estatua de mármol grabado en el rostro.

−¡Feliz Navidad! −grita esa especie de elfo del infierno y de pronto estampa un beso en mi mejilla.
−Pero qué cojones…
−Gracias por invitarnos −canturrea de nuevo.
−¡MARCO! −el enfado de Aless se hace patente.
−¿Qué? Yo no…

Creo que he muerto y estoy en el infierno. Ever entra en la casa, las campanitas suenan al ritmo de sus saltitos, cortos y continuos, Stephano muestra algo más de reticencia pero finalmente se adentra en el hall, dejando los dos petates al lado de la puerta.

−Ever −Stephano coge la mano de esa vampielfo y tira de ella−. Creo que es una fiesta privada.
−¡Pero si Aless me invitó!
−¡ALESS! −ahora soy yo quien la mira incrédulo.
−¿Yo? ¡No!
−¿Y el árbol? ¿Dónde está el árbol? Ooohhhhh ¿y los adornos?, pero… ¿Qué clase de fiesta navideña es esta?
−¡¡¡¡NO ES UNA FIESTA!!!! −grito
−Ever venga −Stephano parece azorado−. Vamos…
−Joooooooo, pe… pe… pero ella dijo que… Y es navidad, tiempo de estar en familia… Y no hay nieve, ni adornos, ni… ni… ni…. −y se desploma en el suelo.
−¿Estás llorando? −no puedo creerlo, esto es surrealista−. Aless haz algo…
−Ever, cariño… −Aless se arrodilla a su lado.
−Marco lo lamento…
−¡Calla! −espeto cortando a Stephano−. Esto no puede ser real.
−Marco querido… −la voz de Aless, ese tono de voz…
−NO −mi negativa surge antes que la petición.
−Pero…
−No, no, no y mil veces no…

Aless alza la mirada, una mirada que conozco demasiado bien, Ever esconde su rostro entre sus manos, unos ruiditos cortos y secos escapan de su garganta, Aless se levanta y pone su mano en mi antebrazo, y ya sé que va a ocurrir a continuación antes de que suceda.

−Podéis acomodaros en la habitación del fondo −y esas palabras se clavan en mis tímpanos, perforándolos, como agujas candentes−. Supongo que no será inconveniente que compartáis estancia, ¿verdad?

Creo intuir que Stephano niega con la cabeza, el rostro de Alessandra se esfuerza por esbozar una gran sonrisa, y de pronto esa mocosa hace descender sus manos, alzando levemente su rostro, sus ojos se clavan en los míos, y sonríe. Sonríe de manera maliciosa, sabiendo que ha logrado con su pataleta lo que quería, estoy a punto de replicar cuando vuelve a esconder su cara, justo antes de que Aless se voltee para ayudarla a levantarse.

−Pe… pero… −tartamudeo absurdo−. No me lo puedo creer…
−Marcooooo… −susurra la muy hija de… − ¿Podríamos tener un árbol?

STEPHANO

La mataré, juro que un día la mataré, la amo más que a mi vida, pero a menudo me pregunto por qué no le hago más caso a mi instinto que a sus propuestas. Me había asegurado que Alessandra nos había invitado a pasar juntos las Navidades en Londres, ya me resultó casi imposible de creer cuando me aseguró que la propia Alessandra se lo había comentado, además cuando tras insistir en que me repitiera exactamente qué le había dicho Alessandra no añadiera a la explicación que la hubiera coaccionado o chantajeado de algún modo, o que le hubiera arrancado la invitación apuntándole a la sien con un arma de fuego, y aunque hubiera sido más factible tomar por cierta la noticia de que había nevado en el desierto, Ever se mostró tan entusiasmada que me convenció de que mis reticencias a creerla simplemente debían ser prejuicios.
Volví a dudar de que quizás Ever hubiera entendido mal eso de la invitación a Londres cuando al llegar al aeropuerto nos informaron que hacía media hora que el avión había despegado, y que ella ya tuviera comprados billetes. Incluso di por buena la explicación de mi chica sobre la necesidad de que Marco y Alessandra se hubieran adelantado para preparar la casa, en realidad era una explicación bastante coherente dado que la misma llevaba meses cerrada, pero lo que no daba lugar a error había sido la cara de Marco al abrir la puerta y encontrarnos a Ever y a mí tras ella. Descalzo, con la camisa por fuera de sus pantalones, sin corbata ni americana, una copa de vino en la mano y esa mirada que de ser cuchillos nos hubiera atravesado por completo nuestro inerte corazón. No, estaba absolutamente claro que ni en mil millones de años era precisamente a nosotros a quienes esperaran en esos momentos, aunque sería más justo decir que para ser fieles a la verdad Marco en esos momentos no esperaba absolutamente a nadie.
Juro que preferiría haber borrado de mi memoria los últimos quince minutos… ¿He dicho ya que la mataré?, aunque no sé por qué engañarme pues está claro que ya no podría vivir sin ella, en mi larguísima existencia no he sentido nunca bochorno semejante, he perdido la cuenta de las veces que me he disculpado con Marco, y con Alessandra, bueno en realidad con ambos. No entiendo cómo…
Dejo los petates y esos ridículos cuernos de reno, sobre la cama, en la habitación que me ha indicado Alessandra, en la planta baja, al lado de la biblioteca, es una habitación amplia y con salida a un pequeño jardín, apago mi cigarrillo en uno de los ceniceros cuando la puerta de abre y aparece mi chica todavía con esa especie de gorro de Elfo sobre la cabeza, y su cara muestra esa expresión que tan bien conozco de no haber roto nunca un plato.

−Nena, sabes que te quiero pero… por Satanás ¡¿Cuándo dejarás de liarla?!
−Pero Step, te juro que Aless nos invitó.
−Lo, cariño ¿pero no has visto su cara?, ¡Está claro que no nos esperaban!
−Ohh eso es porque Aless debe ser bipolar, ella me invitó, verás como dentro de un rato estará encantada de que estemos todos juntos…. ¡Pero si es Navidad!
−Bueno…. si tú lo dices −pero no estoy nada convencido y menos de que Marco esté tan encantado de cambiar lo que parecía una velada romántica por… No, estoy seguro de que Marco no opinará lo mismo, y pensándolo bien tampoco creo Alessandra lo haga.

Volvemos al salón, parece que Marco y Alessandra están hablando en susurros, no alcanzo a escuchar lo que comentaban pero parece que ella le ha convencido, la cara de Marco muestra algo parecido a la resignación.

−Disculpad nuestro recibimiento… −Alessandra, se adelanta y toma la palabra−. Está claro que debido a algún malentendido no hemos resultado los mejores anfitriones… Así, que espero que os sintáis como en casa y estaremos encantados de pasar las Navidades con vosotros, ¿verdad, Marco? −se gira hacia él y parece hacerle un gesto con la cabeza como para animarle a intervenir−. ¿Marco?
−Sí desde luego… Claro, encantados… −casi refunfuña.
−¿Lo ves Step? −por un momento creo que Ever se pondrá a palmotear de alegría−. ¿Ves como tenía razón? −Marco parece estar a punto de interrumpirla cuando Alessandra tira ligeramente de su manga.
−Ever nena…
−Pero… está bien –se conforma y vuelve a poner esa cara de no haber roto nunca un plato.
−Si me perdonáis, iré arriba a cambiarme −dice Alessandra mientras se ajusta el batín que lleva puesto, Marco la mira y su cara de resignación parece aumentar por momentos.
−Sí claro, claro… −alcanzo a decir mientras inclino levemente mi cabeza.
−Ever… −Alessandra se detiene y eleva la voz sobre su hombro justo cuando inicia el ascenso hacia la planta superior, y por un momento me temo que vaya a cambiar de opinión y decida enviar a Ever a Siberia o a cualquier otro destino similar y cuando estoy a punto de interrumpirla para decir que será mejor que nos vayamos, veo cómo se amplía la sonrisa en su cara−. Si quieres subir conmigo recuerdo que en algún sitio tengo una caja con todos los adornos navideños, hace años que no los he sacado del armario.
−Ohhhh síiiiiiii −exclama Ever, y esta vez sí palmotea− Me encantará ayudarte a buscarlos.

MARCO

Veo como ambas suben escaleras arriba, va a cambiarse de ropa, y el misterio de qué hay bajo el batín va a continuar siendo eso, un misterio, aunque espero que por poco tiempo, no sé qué planes malvados tiene esa vampira con cara de muñeca, pero deseo que sean quedarse solo un par de días, tres a lo sumo, y por supuesto que estén fuera para fin de año.

−¿Te relleno la copa? −Stephano parece querer hacerse perdonar−. De verdad que lo lamento.
−No lo entiendo, llevo contigo muchos siglos, y no entiendo qué has podido ver en ella, es como un cáncer, un veneno, una MAREA NEGRA que se extiende poco a poco y va contaminando todo a su alrededor.
−¿Una marea negra…? −murmura entre dientes.

Vuelca más vino en la copa que sostengo y después hace lo mismo en una limpia, resta en silencio, su rostro ha trasmutado, a una expresión que me cuesta identificar. Arriba se escuchan ruidos, algo cae al suelo y de pronto unas risas sinceras y refrescantes inundan la casa. Cuando la veo descender, con unos simples vaqueros, un jersey de lana y el pelo recogido sobre su cabeza en un moño me parece simplemente preciosa. Lleva una sonrisa tatuada en su rostro, que se amplía cuando saca del interior de la caja que ha dejado en el suelo, una bola de cristal de tono azulado.

−Eran de mi abuela −la hace girar entre sus dedos−. Hacía siglos que los tenía olvidados.
−Uuuuuauuuuuuu −Ever grita a su lado admirando el reflejo de las llamas sobre el ovalado cristal−. ¡¡¡Son preciosos!!!
−De niña me encantaba la Navidad −y de nuevo esa dulce sonrisa, y un destello en sus ojos escarlata.

Ever salta de alegría, se lanza contra Aless y le da un beso. Ambas ríen, cuando empiezan a colgar los adornos. Miro a Stephano, como siempre permanece a un lado y mira la escena como lo hago yo, mientras sorbe el vino pausadamente. Sigo mirando a las chicas, ahora Aless parece susurrarle algo a Ever al oído y ésta estalla en una carcajada. Me acerco a Stephano, pongo la mano sobre su hombro, puede que empiece a entenderlo, sí, es una marea, contamina todo a su alrededor, aunque puede que sea de alegría y locura, algo de lo que a veces, nosotros carecemos, hemos perdido esa magia con el paso de los siglos, y Ever, parece mantenerla intacta. Somos hijos de la noche, pero ahí estamos, a punto de celebrar la Navidad. De nuevo ambas ríen, y no puedo evitar sonreír yo también.

−Creo que empiezo a entenderte muchacho.

Stephano asiente con un leve gesto de su cabeza, parece que esas simples palabras le hayan reconfortado algo, hasta un atisbo de sonrisa se muestra en sus labios antes de cubrirlos de nuevo con la copa.

−Marco… −Alessandra está sobre el sofá con algo entre las manos−. ¿Puedes sujetarlo, por favor?
−Claro querida. −suelto mi copa sobre la mesa.

Poco a poco la casa va tomando otra forma, otro aire, Stephano aviva el fuego, mientras ellas terminan de colgar unas estrellas doradas sobre el marco de la ventana. Alessandra mira a su alrededor satisfecha, sus ojos brillan. No era la velada que tenía planeada, por Satanás que no lo es, a esas horas esperaba estar haciéndole el amor de manera desenfrenada, sobre la alfombra, en el sofá, un polvo duro contra la encimera, en mi mente había imaginado una Navidad rojo pasión, y sin embargo…

−Marco −Ever susurra a mi lado−. ¿Eres consciente que estás sonriendo?
−¿Yo? NO. −Ever suelta una carcajada ante mi cara de estupefacción.
−Es una pena no tener árbol.
−El año que viene no se me olvidará −Aless se acerca a nosotros.
−¿El año que viene? −articulo con dificultad, ambas me miran−. No…
−resoplo−. El año que viene tendréis vuestro propio árbol –añado mirando a Stephano.

Pienso en el regalo para Alessandra, en el bolsillo de mi americana, esa vieja moneda de la suerte, la misma por la cual el destino casi me arrebató a mi amada, ahora convertida en una preciosa gargantilla, con cordón de oro blanco y engarzada con pequeños diamantes. Estoy seguro que le va a encantar.

ALESSANDRA

Tomo a Marco del brazo e inspiro con fuerza la sensación de calor que me produce, mientras continúa asegurando que el año que viene les dará vacaciones antes de tiempo, les enviará de misión a la Patagonia o les hará repasar la contabilidad de la Fortaleza desde el origen de los tiempos, Ever protesta divertida asegurando que no sabe contar, Stephano está a punto de atragantarse y aparta su copa de los labios, yo no puedo más que sonreír cuando me pongo de puntillas para susurrar en el oído de Marco.

−Todavía llevo puesto tu regalo −nuestras miradas se encuentran un par de segundos mientras sonríe complacido.
−Puede que esto de la Navidad no esté tan mal −asegura acercándose al mueble bar de dónde saca otra botella de vino−. Pero tampoco hace falta abusar.
−Marco si quieres yo… −se ofrece Stephano a abrir la nueva botella de borgoña.
−Déjalo Stephano, yo lo haré −asegura Marco descapsulándola−. Además no te preocupes muchacho que Aless ya te ha perdonado.
−Yo, esto… − Stephano parece a punto de atragantarse de nuevo.
−Marcooooo −insto a que deje de tomarle el pelo.
−Vamos Stephano relájate que solo estaba bromeando.
−Aless… − la voz de Ever a mi espalda suena contenida, como emocionada, cuando vuelvo la cabeza la veo con una de las cajas abierta, una pequeña de color granate, que ni siquiera recordaba, en sus manos sostiene una estrella de fino cristal, reluce y lanza destellos de plata bajo la luz blanquecina del salón, es la estrella que solía colocar mi abuelo en la parte superior del árbol de navidad cuando era tan solo una niña, no la había vuelvo a sacar de su caja desde que él murió−. Es preciosa… −dice extasiada.
−Sí, sí que lo es −confirmo acercándome a ella y cogiendo por el soporte de plata la estrella que me ofrece con sumo cuidado−. Pero…
−¡No tenemos árbol! −se queja con un tinte de verdadera pena en su voz, por una milésima de segundo pienso en que tiene el mismo aspecto de esa hermana pequeña que me hubiera gustado tener pero que nunca tuve y que por tanto nunca pude echar de menos−. Jooooo una Navidad sin árbol y sin nieve…

Creo que tan solo transcurren un par de minutos, quizás alguno más cuando Stephano desaparece y vuelve a aparecer en nuestro salón con un imponente abeto. Marco resopla, pero más parece un gesto de alivio que de verdadera molestia y Ever se pone en pie y mira a ese tipo, que más parece un témpano de hielo que un vampiro, con una mirada tan cálida y llena de amor que por un momento pienso que si sigue mirándole así corra el peligro de que vaya a derretirle. Intercambio una mirada cómplice con Marco, sé que esta no es la velada que había imaginado desde el momento que le indiqué que veníamos a Londres, pero también sé que la expresión de sus ojos es de satisfacción y aunque no lo reconocerá nunca, a mí no puede engañarme, y en el fondo está encantado con lo que está sucediendo. Me acerco a Stephano mientras Ever se encuentra abriendo nuevas cajas, las que vienen con la etiqueta de “adornos del árbol” y parece una niña abriendo sus regalos el día de Navidad.

−Stephano, pero ¿de dónde…? −hago una pausa sin acertar a adivinar de dónde puede haber sacado el árbol con tanta rapidez.
−Bueno, espero que los jardineros del parque de aquí al lado no lo echen de menos..−. me guiña un ojo y creo que por primera vez desde que aparecieron hace unas horas le veo realmente relajado.
−Me alegro de que estéis aquí −y creo que no he sido más sincera en mi vida.
−Yo Alessandra, lo lamento, sabes que… Bueno ella… No…
−Stephano −le interrumpo−. De veras, me alegro de que estés aquí, y lamento no haber sido yo quien tuviera la iniciativa de invitaros.
−No, pero tú no… Quiero decir, que Marco no…, esto…
−Shhhhhh, ni una palabra más −le indico con seriedad−. Stephano te agradezco que siempre estés a su lado −susurro mientras miro a Marco por un momento−. Creo que eres, sois −rectifico mirando hacia Ever−. Lo más parecido a una familia que ha… −rectifico de nuevo mientras sonrío y pongo la mano en su antebrazo−. que hemos tenido nunca.

No hace falta que le dé las gracias, creo que mi mirada se lo dice todo, y lo confirma la suave presión de mi mano sobre su brazo de acero, Stephano simplemente hace una ligera inclinación de cabeza mientras su mirada se pierde en esa melena morena que ahora, de puntillas, le está pidiendo a Marco que ponga uno de los adornos en una de las ramas más altas. Mi mirada también se pierde en esa imagen que se graba en mi retina, la de Marco sosteniendo un ángel de plata y fijándolo en una se las ramas superiores de ese abeto imponente que domina nuestro salón.

EVER

Aparece de pronto con un enorme abeto, huele a resina y a hierba verde, a naturaleza, huele a amor, a ese amor absurdo e irracional que siento hacia ese tipo que esboza una leve sonrisa cuando me ve feliz. Ahora sí es una Navidad completa, con mi nueva familia, y ya no me siento sola. Alessandra cuelga una delicada figurita en una de las ramas, y yo hago lo mismo en otro lado, colgando un bonito lazo rojo. Marco se sienta en una de las butacas, y sonríe satisfecho, mira embelesado a Aless que le devuelve una mirada cargada de significado, como queriéndole decir que cuando se queden solos, lo va a devorar, pobres ilusos, no saben que eso se va a demorar bastante, pues no tengo intención de marcharme por el momento.

−Tengo algo para vosotros −canturreo de pronto.
−¿Regalos? −Aless parece sorprendida.

Salgo corriendo hacia el final del pasillo y vuelvo a salir con sus respectivos paquetitos, Marco y Aless se han ausentado, Step espera al lado del árbol, admirándolo, verdaderamente nos ha quedado precioso. Me acerco dando saltitos, de nuevo con mi gorrito de elfo, haciendo bailar los cascabeles de la punta.

−Marco ha ido a darle su regalo a Aless.
−Esto es para tí. −digo alzando la cajita.
−Nena, yo no…
−No pasa nada, ¡¡ábrelo venga!!
−Te quiero −susurra haciendo ceder el lazo.

Dentro de la caja, mi llavero de margarita, el mismo que me regaló hace un tiempo, con una pequeña nota “ya es hora de poner llave a este llavero”. Recuerdo el día en que me lo dio, me dijo que hasta que yo pudiera comprarme uno o confiara suficientemente en él como para saber que no lo hacía buscando nada a cambio. Le sonrío. Me sonríe con complicidad. Aless y Marco aparecen por la puerta de la cocina, algo brilla en el cuello de ella, sus manos entrelazadas y una sonrisa tonta en los labios.

−¿Qué es? −pregunta ella curiosa acercándose a nosotros−. ¿Tu regalo para Stephano es hacer que él te compre un coche?
−Y sin duda −dice él clavando sus ojos en mí−. Es el mejor regalo que me han hecho jamás.

Me cuelgo de su brazo y alzándome de puntillas beso su mejilla, me encantaría decirle que le quiero, pero no hace falta, él lo sabe.

−Vaaa Marco… no te pongas celoso que también tengo algo para ti, bueno, es para los dos.
−Vaya, gracias −dice abriendo el sobre−. Esto es… es…. es el mejor regalo que podías hacernos.

Marco muestra el talonario de “momentos sin Ever”, cien tiquets que podrá canjear por momentos sin mí, no creo que le duren más allá de unos meses.

−Lee la letra pequeña eeeeeeehh entran en vigor en Enero, así que… no puedes usarlos ahora −le advierto−. Qué crees, ¿qué me arriesgaría a que los utilizaras justo ahora?

Aless estalla en una carcajada, Marco sonríe, y yo me siento inmensamente feliz, y de pronto algo capta mi atención, Stephano al lado de la ventana mira absorto hacia la calle, donde una fina capa blanca ha empezado a tapar el asfalto. Los copos de nieve danzan al son del aire que los mece. Está nevando. Es Navidad, y está nevando. Me acerco a la ventana, los cristales empiezan a empañarse, enredo mi mano a la suya y le miro de reojo. Sonríe.

−Gracias −susurro−. Has conseguido que nieve. Te quiero.

¿Qué canción sonaba? (IV)

Hay momentos en la vida que es imposible explicar con palabras, que son cuestión de piel, te producen ese escalofrío que empieza en la nuca y te recorre la espalda, son momentos tan significativos, tan importantes que es mejor simplemente vivirlos, sin pretender adornarnos con palabras.

Déjame esta noche soñar contigo…

Tan sólo es una frase, la letra de una canción que dio lugar al germen, a la semilla del nacimiento de uno de nuestros personajes femeninos, alguien que viniera a acompañar a nuestro vampiro solitario, hastiado quizás de vagar día tras día por los siglos que iban acumulándose a sus espaldas. Marco, ese ser poderoso, capaz de poder someter a su voluntad a los miembros de su especie, quienes junto a los otros miembros del Consejo, les deben respeto y lealtad, y con la capacidad de someter también a esos humanos, a todas luces raza inferior a la suya, quienes le sirven de sustento, pero a quienes no presta mucha más atención, y viene a coincidir una noche cualquiera, en un pub cualquiera de Londres con una humana que capta su atención desde el mismo instante en que sus ojos se posan sobre ella. Y sabe que ha encontrado a su diosa, sin buscarla, no necesita nada más para saber que puede perder la cabeza por esa mujer, a quien podría quitar la vida en una fracción de segundo si se lo propusiera, fracturar su cuello, y acabar así con la tentación, con la única cosa que puede hacerle débil, y ese ser todopoderoso siente miedo, más que miedo pánico de enfrentarse a los ojos de esa joven y poder ver en ellos alguna sombra de rechazo. El todopoderoso Marco Vendel muestra así la misma debilidad que podría sentir un humano, la inseguridad, la certeza de que no puede siquiera pensar en la posibilidad de iniciar algo con ella, no sólo porque esté ancestralmente prohibido y sus leyes así lo prevean, sino porque ni siquiera puede atreverse a soñar con la posibilidad de que una mujer como ella pueda sentir algo por un ser con un corazón muerto y tan negro como la noche.

Déjame imaginarme en tus labios los míos…

Y sólo puede limitarse a eso, a quedarse con ese recuerdo, con esa fracción de segundo en que sus manos se han rozado, con ese calor que ha dejado en una pequeñísima porción de la piel de su mano, con esa fragancia que quiere atesorar para siempre en su memoria, grabar las bellas facciones de su rostro y que permanezcan para siempre en el fondo de su retina, porque está tan muerto que ni siquiera se puede permitir la posibilidad de soñar sino es despierto.

Déjame que mis manos rocen las tuyas…

Y nada más se permite Marco, nada más que ese roce, terminar su copa y salir de ese bar, sabiendo que deja atrás algo que no ha podido llegar a poseer porque ni siquiera lo ha intentado, porque le está vetado, porque él mismo ha condenado, sentenciado y ajusticiado antes llevando el cumplimiento de sus leyes hasta las últimas consecuencias. Y renuncia a un sueño sin haberlo siquiera intentado. Saber en un instante que todo lo que has anhelado siempre, sin siquiera saberlo, lo tienes ante tus ojos, notar que te quedas sin respiración cuando llevas milenios sin necesitar oxígeno, creer volver a sentir de nuevo un latido en un corazón que no palpita desde hace más de tres mil años, y que esa visión te acompañe hasta creer que pudieras morir de nuevo echando de menos algo que no has llegado a tener.

Déjame que te coma sólo con los ojos, con lo que me provocas yo me conformo…

No atreverte siquiera a soñar con la posibilidad de llegar a conseguir algo que sabes que no puedes tener, eso es lo que encierra esa preciosa canción, esa es la melodía que acompaña a Marco en su habitación de hotel, la que debería sonar en su cabeza cuando renuncia, cuando ni siquiera se atreve a pensar en una remota posibilidad de lo que podría haber sido…

Si algún día diera con la manera de hacerte mía,
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día,
qué bonito seria jugarse la vida, probar tu veneno,
que bonito seria arrojar al suelo la copa vacía…

Y bueno, no vamos a desvelar si logró encontrar la manera, si se atrevió a dar el paso, si dejó de lado sus convicciones, o terminó por echar un pulso al destino…
Lo cierto es que esa canción sonará más veces a lo largo de la historia, sonará más veces aunque no podáis oírla, pero acompaña a los personajes y a quienes les dan voz y alma en muchos momentos en que necesitan recordar y más que recordar sentir cómo sienten sus personajes en determinados momentos.
Soñar contigo de Zennet, nunca una canción ha podido marcar tanto una historia, qué pinchazo nos da en algún rincón del alma cada vez que la volvemos a oir.

Dejadnos que esta vez seamos nosotras quienes soñemos con tantas y tantas sensaciones que nos produce saber que esta historia nos ha traspasado y ha llegado hasta todos vosotros.

Otro regalo por los 400 Me gusta de Face…. ¡Océanos!

Sabemos que muchos y muchas ya lo habéis leído, pero para todos aquellos que aún se debaten en si comprar el libro o no…. os dejamos las primeras páginas de Océanos de Oscuridad…

Primera parte de la Saga…

Escrita a cuatro manos…

Historia de amor, pasión sexo y sangre épica….

Océanos de Oscuridad

Llevo habitando la tierra desde hace más de tres milenios y aunque aún puedo recordar una época lejana en la que el arte y la literatura me apasionaban, la música lograba emocionarme y me deleitaba en el dulce placer de recrear la belleza de la muerte cuando sesgaba una vida humana, desde hace décadas simplemente observo cada amanecer con la pesadumbre de haber visto más de un millón de amaneceres iguales y de saber que no habrá nada nuevo a la salida del sol.
Podría hablar de las grandes civilizaciones del mundo, contar miles de historias sobre la caída de los grandes imperios, anécdotas de todas esas guerras de las que he disfrutado desde mi privilegiada posición. Vi construirse las pirámides, fui testigo de cómo Alejandro forjaba su imperio, y de cómo ardían los muros de Roma para mayor deleite de Nerón, he compartido mesa con grandes escritores, filósofos, inventores y he sido mecenas de excelentes artistas…
Si cierro los ojos puedo ver los cientos de miles de rostros de todos aquellos que han pasado por mi vida y la han abandonado. Vi renacer en las tinieblas a grandes amigos, y como éstos mismos se convertían en polvo, sin que esas pérdidas hiciesen meya alguna en mí, simplemente fueron acontecimientos que se han ido grabando a lo largo de los siglos en mi memoria. Pero lo que jamás será un simple recuerdo es Gabriella. Mi amante, mi amiga, mi pesadilla y casi mi perdición, la que creí sería mi compañera eterna, la que hacía de mis días algo dulce hasta que tuve que hacerla desaparecer, y aunque la amaba, fue la única decisión que pude tomar pues nunca he tolerado la traición, de ningún tipo. He vivido bajo esa losa de culpa desde ese día, condenando así mi eternidad.
Sigo con la mirada a esa joven menuda de ojos asustados. El silencio nos envuelve, la tensión podría cortarse con un cuchillo, puede que incluso hasta respirarse. Y no puedo evitar pensar que me recuerda a ella, o puede que todas las vampiras de ojos escarlata me trasporten a esa época en que las curvas de una mujer me hacían enloquecer. Ahora, no siento nada. Todos permanecen callados, sabemos qué va a ocurrir a continuación, puede que debiéramos liquidar el asunto cuanto antes, agilizar los trámites, puede que el resto de miembros del consejo tengan cosas que hacer, yo no, pero eso no importa, pertenece a mi más estricta intimidad.
Soy el vampiro más antiguo del mundo, aunque no el primero, hubo otros antes que yo, pero ya no se encuentran entre nosotros. Jamás he conocido a ningún humano al que haya tenido la necesidad de otorgar el don de la eternidad, jamás ningún hombre, mujer o niño, ha causado en mí más impacto que el deleite del sabor de su sangre deslizándose por mi garganta. Pero incluso eso encierra un doble peligro, la ingesta sin control podría llevarnos a extinguir nuestra fuente de alimentación, ya que eso son para nosotros los humanos, una especie a todas luces inferior, simple comida. Pero muchos de los nuestros sí que han tenido la necesidad de crearse compañía, así que cuando empezamos a ser muchos tuvimos que organizarnos, cuando la vieja Europa empezaba a sucumbir al mundo vampírico cada vez eran más los no muertos en busca de sangre, y así nació lo que muchos llaman el Consejo, vampiros con más de mil atardeceres en sus retinas intentando velar por los intereses de nuestra especie. Protegiéndonos de nuestro mayor enemigo, nosotros mismos, y velando porque nuestro secreto nunca salga a la luz. Y esa jovencita ha puesto en peligro todo eso. Sus ojos reflejan un miedo atroz, pero se mantiene serena, sin gritos ni súplicas, casi lo agradezco, aunque sé que alguno de mis compañeros echará de menos esa parte más teatral de la historia.
Como miembro fundador del Consejo, mi voz siempre es tenida en cuenta por encima de otras, y mis decisiones se acatan sin ser cuestionadas, aunque el trabajo más arduo es tratar de no caer en el despotismo, intento ser siempre justo, benevolente cuando la ocasión lo requiere, implacable cuando es necesario, es mi trabajo; la Fortaleza es mi vida, mi compromiso y jamás he faltado a mi palabra.
Los tiempos han cambiado, las relaciones también, pero los principios con los que nació el Consejo, siguen aún vigentes. No creo que nuestras normas sean de difícil cumplimiento, yo mismo llevo milenios sobre la faz de la tierra y nunca he transgredido ninguna, y tampoco he sentido nunca la tentación de hacerlo.

. Jamás reveles tu verdadera naturaleza a un humano.
• Deshazte siempre de los cadáveres, los envoltorios de la comida deben desaparecer
• No está permitido crear nuevos vampiros, y si se toma esa responsabilidad debes responder por ellos.
• Sólo nosotros, el Consejo, tenemos la potestad de sesgar una vida inmortal, no se toleran los ataques entre miembros de nuestra especie.

Las repaso mentalmente. Romper esas normas significa la muerte… romperlas es morir… morir…. ¿Sabe ella que va a morir?. Sí, claro que lo sabe. Me levanto de mi silla y doy un par de pasos en su dirección.
En una época donde la realidad supera la ficción es cada vez más difícil mantenerse oculto, de ahí la importancia de nuestra discreción. Dicen que el paso de los siglos enloquece hasta al más cuerdo, será por eso que el trabajo del Consejo este último siglo se ha visto notablemente incrementado, pero la Fortaleza es mi vida, y aunque hastiado, es lo que me ancla a la inmortalidad.

-Matadla.- digo al fin.- pero hacedlo rápido, no es necesario que sufra.

Así paso los días, vagando por los pasillos de mi reino de tinieblas, mi propio océano de oscuridad, paseando por esas estancias que he recorrido cientos de veces, dejando transcurrir día tras día de esa inmortalidad que no termina jamás.
Tanto poder y tan vacío por dentro, envidiando a la escoria humana por esa cualidad efímera de su humanidad, por poder disfrutar cada día como si fuese el último, ellos venderían su alma al diablo por disfrutar de lo que yo tengo, yo simplemente moriría por poder volver a sentir… dolor, amor, éxtasis, lo que fuese, sin embargo sólo vivo reprimiendo el impulso asesino que todos tenemos dentro.

Soy Marco Vendel y esta es la historia de cómo puede cambiar la vida, incluso la vida inmortal.

MARCO
Tenía que hacer tiempo, el jet había sufrido una pequeña avería y mientras Paul, el piloto, intentaba repararlo, dejé el hotel. Estaba cansado, sólo había sido un día, pero intenso, ya tenía ganas de volver al confort de mi hogar, nunca me había gustado ausentarme de la Fortaleza, a diferencia de otros de los miembros del Consejo, yo era un animal de costumbres, y mi soledad uno de mis amigos más preciados. Finalmente me decidí por ir a tomar algo a un bar cerca de mi hotel.
El ambiente era selecto, luces tenues y buena música. Había poca gente a esa hora. Los cuadros de las paredes eran fotografías en blanco y negro de los lugares más emblemáticos de Londres, que no los más famosos. Me senté en la barra, lugar de los perdedores, o de los que llevan mucha confianza en sí mismos, y pedí un whisky con hielo. La música empezó a sonar, sugerente, sin duda el hijo rebelde del pueblo londinense. Algo hizo que me girara hacia la puerta de entrada. Como un calambre, una dulce voz que me llamaba. Y ahí estaba ELLA, la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Alta, esbelta, elegante, con un toque de inconformismo. Por un momento pareció que me miraba, pero era una vana ilusión, nunca una mujer así se fijaría en un hombre como yo. Pero un extraño hechizo hacía que no pudiera apartar la mirada de ella. Si tuviera corazón en ese momento latiría con fuerza.
Dio un par de vistazos a la sala y de golpe sus ojos sonrieron. ¿Me miraba a mí? no, no podía ser… demasiado bonito para ser real, sin duda era un equívoco de mi mente solitaria.
Anduvo unos pasos decididos y se reunió con unos hombres y mujeres en una mesa, cerca de donde yo estaba sentado. ¿Desilusión? Intenté concentrarme en la copa, en los hielos, un hielo, dos hielos, tres hielos… sus ojos… un hielo, dos hielos… esas piernas… me giré, el tiempo justo para ver cómo ella se levantaba, venía directa hacia mí! No pude aguantar la mirada y me concentré en la copa de nuevo. un hielo, dos hielos…

-Un Martini seco.- su voz era dulce y decidida.

No podía mirarla, ¿o sí? Qué me lo impedía. Mi mano aguantaba con firmeza la copa en la barra como si la jodida fuera a sacar un par de piernas y salir corriendo para saltar en plan suicidio al final del mostrador. El camarero (Satán le bendiga) puso su Martini muy cerca de mi mano, mi copa… su cálida piel rozó mi muerta mano, debió sentir el hielo glacial de la misma.
Me miró, la miré.
Quería decirle algo, presentarme, invitarle a otro trago. Pero nada de eso pasó. Milésimas de segundo después del ínfimo contacto, alguien la llamó. Sus ojos me dejaron el regusto amargo del que no puede conseguir lo que anhela. Se fue.
El estridente sonido de mi teléfono cortó el hilo de mis pensamientos.

-Dime Paul.
-Señor Vendel, todo arreglado, podemos partir cuando desee.
-Ahora mismo.-sentencié.

La noche estaba muerta, como yo.

ALESSANDRA
La oscura noche iba ganando terreno con rapidez, adueñándose sin piedad de la lánguida y pálida luz de la luna, que quedaba oculta tras la alta torre. Los postreros rayos crepusculares se filtraban entre las ramas bajas de los árboles, proyectando sombras fantasmagóricas sobre las mortuorias lápidas.
El sonido del silencio resultaba más aterrador que el silencio mismo, no se percibía siquiera el sisear de la ligera brisa, que se perdía sigilosa filtrándose en las fosas vacías, devolviendo un eco huérfano de almas de un espurio linaje.
Hasta el ulular del búho que espiaba impertérrito desde su posición altiva había cesado de repente, intuyendo que una presencia sobrenatural pudiera estar acechando.
Desde la distancia, en el interior de la lúgubre cripta se empezaba a escuchar una lejana letanía, que iba ganando en intensidad paulatinamente.

Pater Noster, qui in infernum est,
Sanctificétur nomen Tuum
Sdveniat Regnum Tuum,
Fiat volúntas tua, sicut in infernum et in terra.

En el interior de la luctuosa y siniestra cripta, por cuya cúpula agrietada se filtraba una amalgama de raíces enmarañadas y resecas, un grupo de trece personas, cubiertas por tupidas capas negras con capucha, formaban un círculo alrededor de mí, que me hallaba de pie desnuda y completamente inmóvil frente a un altar de mármol, donde se encontraban dispuestos dos cirios encendidos y en medio de ambos un cráneo humano.
Toda la estancia había sido cubierta con paños negros, y sobre el suelo se habían distribuido numerosas velas negras, que se hallaban encendidas.
Los trece adeptos continuaban desgranando impertérritos la letanía en latín, hasta que deposité mi mano izquierda sobre la calavera y sosteniendo en la derecha un tridente, elevé la vista al techo de la cripta, y pronuncié mentalmente la llamada:
¡Booz! ¡Adonai! Lux, Tenebrol, ¡Belial!
Me detuve un momento, tomé una bocanada de aire, y noté como mi corazón había aumentado ligeramente su ritmo cardiaco, desvié la mirada una fracción de segundo hacia mi derecha, asentí de forma imperceptible y luego continué, en voz alta:
“Rey de los infiernos, poderoso señor a quien el mundo rinde culto en secreto; tú que dominas desde las profundidades tenebrosas del infierno hasta la superficie de la tierra y sobre las aguas del mar, espíritu infernal que todo lo puede, yo te adoro, te invoco, te pido y exijo después de entregarte mi alma para que de ella dispongas, que abandones las regiones infernales y te presentes aquí dispuesto a concederme lo que te pido de todo corazón y con el alma condenada te entrego mis tesoros, mi dicha entera si accedes a mis ruegos. Ven a mí, Rey y señor, soy tu sierva, ninguna imagen ni objeto religioso hay en mi casa, preséntate sin temor de ser desobedecido; llega…, desciende, penetra…, sube…, Luzbel…, Satanás…, vea tu sombra majestuosa esta tu esclava, maldito, maldito sea el día que sobre mi cabeza derramaron agua; Satán, Satán, soy tuya…”
Concluida mi invocación tracé con el tridente un triángulo en el aire y supuestamente el diablo debía aparecer dentro de las tres líneas sobre un haz luminoso.
En ese instante me tendí boca arriba sobre el frío altar de mármol, a la espera de que la sombra diabólica me cubriera con ambas manos.
De repente, se detuvo el tiempo, un sonido estruendoso rompió el silencio, enmudeciendo y paralizando al singular grupo, y un fortísimo olor como a amoniaco enrareció el aire, me resultó extraño, siempre había creído que era el azufre el olor que se asociaba a todas las criaturas demoníacas. Intenté incorporarme y recoger mi capa, que se hallaba en el suelo a los pies del altar, pero una fuerza sobrenatural me lanzó de nuevo sobre el mármol, agarrándome fuertemente por las muñecas.
Probé a patalear, a zafarme de la inmovilización a la que me hallaba sometida, pero me era imposible, un vaho caliente y de fuerte olor me azotó la cara, descendiendo por mi garganta hasta mi estómago; me resistía, tratando de girar las caderas para poder apoyar las piernas en el suelo, hasta que sentí como tiraban de ellas con fuerza, tratando de separarlas.
Quería gritar con todas mis fuerzas, pero aunque abría la boca con desesperación, sólo conseguía emitir sonidos ahogados. Un sonido profundo, en un idioma aparentemente por mi desconocido, se deslizó por mi oído, y me sometí.
Los trece adeptos observaban la escena mientras continuaban formando el perfecto círculo y recitando el satánico rezo que se repetía como un mantra, mi cuerpo parecía que ya no me perteneciera, pues realizaba movimientos imposibles para un ser humano. De repente mis piernas se separaron de forma antinatural como si tiraran fuertemente de mis rodillas hacia los lados, y a pesar de que no se viera a nadie junto a mí sobre el altar parecía como si cientos de manos estuvieran recorriendo mi piel, pues podía notar como sobre la misma se formaban surcos, como si cientos de dedos la recorrieran mientras ejercían presión, y ávidas manos manosearan mis pechos.
De repente mi cuerpo se desplazó con urgencia hacia la pared, empujado por una fuerza invisible, pero certera, el olor a azufre era mucho más intenso ahora, mi espalda empotrada contra el frío muro y mis pies no tocaban el suelo, un movimiento brutal de balanceo arriba y abajo me hacía rebotar, correspondiendo su cadencia, sin duda, a las precisas embestidas a las que me estaban sometiendo, unos brazos invisibles sujetaban mis piernas, sólo algún sonido gutural, casi sobrenatural, se escuchaba en la estancia.
La descomunal fuerza y presión que estaban ejerciendo sobre mis caderas era tan brutal que si no había perdido ya el conocimiento debía estar próxima a perderlo.
Uno de los adeptos había dejado de recitar el cántico, sin duda se preguntaba qué sería lo más conveniente, si interrumpir aquel coito infernal, con la esperanza de que yo pudiera sobrevivir al ritual, o detenerlo de golpe y que el propio Satán o el maldito espíritu que hubiera comparecido en su nombre no completara su clímax, no lograra su objetivo.
Y optó por esto último, soltó las manos a sus correligionarios y deshizo el círculo.
Un grito atávico, desgarrador, que denotaba impotencia, objetivo no culminado, envolvió la estancia, y un humo espeso, hediondo y gélido pareció descender hacia los infiernos, mientras se llevaba con él el olor a azufre, no sin antes susurrar en mi oído una sola palabra.

-Volveré…

Mi cuerpo semi inconsciente se desplomó, deslizándose por la pared, al dejar de ser sostenida por aquella presencia.
La figura que había deshecho el círculo y puesto fin, de forma precipitada al ritual, salió corriendo hacia mí mientras recogía la capa del suelo y cubría mi desnudez con ella.

-Aless, Aless, por favor dime que estas bien, contesta, contesta.- me decía mientras propinaba suaves golpecitos en mis mejillas, y me zarandeaba ligeramente por los hombros.

Nada, no había movimiento, no había reacción, aunque lo intentaba con todas mis fuerzas no parecía darse cuenta de que estaba viva, aunque puede que a simple vista no lo pareciera.
Probó a tomarme el pulso. Débil.

-Aless, ¡¡¡vuelve!!!.- decía mientras insuflaba aire en mis pulmones e improvisaba un masaje cardiaco…

Uno…dos…tres…cuatro

Bocanada de aire
Bocanada de aire
Bocanada de aire

Uno…dos…tres…cuatro

Nueva bocanada de aire
Una brisa ligera de aire helado, pareció querer devolverle la vida a mis pulmones.
Volvió el latido.
Abrí los ojos.
Lo primero que vi fueron sus ojos, en ellos tenía reflejado el miedo, un miedo frío, terrorífico. Me tomó por las mejillas y me besó, con ansia, como si hubiera temido no poder besarme una vez más.

-Charlie.- musité
-¿Estás bien?,¿ puedes moverte?.- dijo mientras con sumo cuidado me ayudaba a incorporarme.
-Creo…creo que sí.-titubeé, lo cierto es que un dolor lacerante me atenazaba los muslos, y una fuerte punzada en mis partes me advertía de que algo no había ido bien.
-¿Qué ha pasado Charlie?
-No lo tengo del todo claro, pero he sentido verdadero pavor.
-Supongo que la sugestión colectiva ha hecho que todo fuera casi real, me siento dolorida, como si me hubieran dado una paliza.

Me di la vuelta para ponerme la capa y salir de aquel lugar, todos los demás habían ido abandonando la cripta, cuando un grito ahogado me sobresaltó.

-¿Qué pasa?.- le pregunté
-Aless, tu espalda, estás sangrando, tienes varios arañazos profundos, y estás llena de moratones, vamos te llevo al hospital.
-Entonces ¿no me lo he imaginado?, ¿estaba pasando de verdad?.- llevé mis manos hacia la parte baja de mi vientre, un fino hilillo de sangre teñía la parte interior de mis muslos.
-Vamos Aless, debería verte un médico.
-No.- dije tajante
-¿Qué no?, tú no te has visto, estás toda amoratada y sangrando, deberían examinarte y…
-No.- repetí con tozudez.- ¿cómo íbamos a explicar esto? vámonos a casa y me curas allí, por favor Charlie, sácame de aquí.

Parecía dudar.

-Estás loca, ¿sabes? ¡Loca!, no volveremos aquí nunca más.-dijo con semblante serio.- esa gente es peligrosa, ¿me oyes? Nunca más.
-Pero lo tienes, ¿verdad?, ¿lo has grabado todo? Una última vez, y lo dejo, de veras, te lo prometo, una última vez.
-No, nunca más.- sentenció.- escribe tu tesis con el material que tienes, será suficiente.

Aunque renqueante, había logrado llegar al coche, Charlie se puso al volante y aceleró, quería escapar de ese lúgubre lugar para siempre.
Llegamos al número 18 de Saint Leonard’s Terrace, en el barrio de Chelsea. Mi casa, un edificio victoriano de dos plantas, donde había vivido uno de los escritores que más admiraba, Bram Stoker. Su Drácula constituía mi libro de cabecera. Me había enamorado del personaje desde el mismo instante que abrí las tapas de la novela y lo poseí, “he atravesado océanos de tiempo hasta encontrarte” le dice a su amada en la versión cinematográfica, y yo había deseado ser Mina desde ese mismo momento, la más bella historia de amor jamás explicada, nadie me diría nunca nada parecido, ni por asomo, además cuando era muy joven ya me vaticinaron que jamás me enamoraría de un hombre.
Mi mente todavía divagaba saboreando de memoria párrafos enteros del libro, cuando la voz de Charlie me devolvió a la realidad, ya había aparcado el coche frente a nuestra casa y me ayudaba a subir las escaleras hacia la primera planta, donde teníamos la vivienda, en la segunda Charlie había instalado su estudio de pintura.
Me desnudó e introdujo en la bañera, el contacto con el agua caliente hizo que casi de inmediato me sintiera mejor, Charlie me estaba limpiando la espalda de los restos de sangre seca, que se habían quedado adheridos a los bordes de los cuatro profundos arañazos que surcaban mi espalda, y que ahora podía observar a través de la imagen que me devolvía el espejo, desde el fondo del baño. Me puso un camisón muy liviano y nos fuimos directamente a la cama, sólo tenía ganas de dormir y olvidar.
Una caricia gélida rozó por una fracción de segundo el dorso de mi mano y me estremecí, noté que el corazón se desbocaba y buscaba sin éxito la causa de mi excitación. Una sombra quizás, se me escapaba, notaba su aliento muy cerca de mí, pero no podía verle la cara. Corría a su encuentro pero siempre llegaba tarde. Sólo era un impulso, una corriente electrizante, jadeaba y me desperté de repente.
Charlie me tenía abrazada por la cintura y apoyaba su cara en mi pecho, mi corazón latía muy deprisa, y el sudor hacía que el camisón se adhiriera a mi cuerpo como una segunda piel.
Encendí la luz, un escalofrío recorrió mi espina dorsal, mi vientre seguía palpitando. Cerré la luz y me acurruqué junto a Charlie. No pude volver a conciliar el sueño lo que quedaba de noche.

MARCO
Hace un par de horas que discutimos sobre lo mismo, el tema que nos ocupa desde hace ya algunas semanas, desde el momento que por fin dimos con su paradero habíamos empezado a deliberar sobre qué haríamos con ella al encontrarla. Pero ahora, tras haberla conocido no es como me la había imaginado, si es que alguna vez fantaseé con eso. Miro cómo el cielo va ennegreciéndose, la luna y las estrellas preceden al condenado sol. Entra frío a través de las ventanas, por eso me gusta Suiza, porque siempre hace un tiempo equiparable a nuestra temperatura corporal.
Paso las manos por mi pelo, le miro a los ojos, y juro no entenderle, después de más de mil años, sigo sin comprender qué conexiones mentales le llevan a tomar cierto tipo de decisiones. Pero es él, mi amigo, como un hermano, y estoy ahí para apoyarle y defenderle, aunque no entienda sus razonamientos, es lo que se podría llamar solidaridad a ciegas.

-Sé que no lo entiendes.- dice dejándose caer sobre la butaca de su izquierda.
-Sé que sabes que no lo entiendo, pero juegas con ventaja porque también sabes que aún y así voy a darte mi apoyo.-me mantengo de pie, tras mi mesa.- aunque a todas luces sea un error.
-Error fue convertirla, lo que no es un error es hacerme cargo de ella ahora.
-¿Tú qué piensas Stephano?-miro al hombre que se mantiene en silencio al otro lado de la estancia.
-Creo que no encaja en la Fortaleza, tiene un carácter extraño, pero…
-Pero no podemos deshacernos de ella.- se apresura a decir Samael.- Marco…
-Lo sé, lo sé… -me siento en la butaca frente a él.- está bien, no puede ocasionar mucho alboroto, sólo es una niña ¿no?-digo paseando la mirada por ambos.

Todavía recordaba el viaje que le había hecho pasar a Stephano, quien nos había contado el pulso que había mantenido con ella en el bosque, sus impertinencias… sin duda, Stephano guardaría un buen recuerdo de ese viaje, como yo guardaba el mío propio de mi escapada a Londres, un pequeño tesoro a modo de recuerdo, aquellos ojos verdes…

-Marco.- la voz de Stephano me devuelve a la realidad.- si decides darle una oportunidad mi consejo sería mantenerla permanentemente con vigilancia, es rápida, ágil, astuta, y empleará cualquier truco para obtener lo que quiere, es lista.
-Sí, desde luego no podemos exponernos a que vague por la Fortaleza, hasta que demuestre que se puede confiar en ella, que muestre signos de adaptación, pero ¿quién?, ¿quién podría encajar con su perfil?, ¿a quién encomendar la misión de su adiestramiento, de su adaptación?.- Medito, pero mi mente vaga libre.
-¡¡Stephano!!.- y la voz de Samael, aunque jovial, parece una Sentencia para nuestro compañero.
-¡¡Ni hablar!!.- se gira mirándome.- Marco no me puedes hacer eso…No, me niego.
-¿Por qué no Marco?, Stephano lleva con nosotros muchos siglos, y a la vista está que si ha sido capaz de soportarnos a nosotros, esa chiquilla no va a doblegarle. –se ríe Samael mientras se levanta a buscar una copa.-además ya ha tenido ocasión de lidiar con ella.

Vuelvo a pasarme la mano, esta vez desde la frente hasta el nacimiento de mi pelo, de poder evitarlo nunca dejaría que alguien como esa chica anduviera correteando por los pasillos de mi casa, alborotando una paz que hemos adorado durante milenios. Ellos siguen hablando. La otra alternativa sería matarla, pero estaba claro que Samael se oponía rotundamente a esa posibilidad. Vuelvo a la realidad.

-Sabes que de no ser porque la mordiste tú, le cortaría la cabeza, ¿verdad?
-Lo sé, y agradezco que no lo hagas. –bebe un largo sorbo de su copa.

El alcohol, aliado anestesiante de los sentidos para los humanos, un líquido de lo más insípido para nosotros, nos transporta a esa humanidad perdida, y nos hace parecer humanos a ojos de quien nos mira, nada más inocente y menos sospechoso que un hombre con su copa en la mano. Miro a Samael, que quiere enmendar su error del pasado, y a Stephano, que haría cualquier cosa para ponernos las cosas fáciles a ambos. Me levanto, ya está todo dicho, y aunque sé que va a ser un error no voy a discutirlo más.

-Tómate un trago Stephano.- digo al abrir la puerta.- lo vas a necesitar.

Mando llamar a Ever, se supone que está esperando en una de las salas contiguas, aunque bien pudiera ser que la encontraran colgada de la lámpara de araña haciendo de trapecista, si mi secretaria viniera con tal información, en absoluto me sorprendería.

-Gracias.- dice Samael dejando su copa en la mesa auxiliar.
-Responsabilizaos de ella, los dos.- les señalo con el dedo alternativamente.- no quiero saber nada de sus locuras.

Vuelvo sobre mis pasos, Samael sigue sentado en una de las butacas que rodean la mesita de té, absurdo nombre para una mesa que desde que fue colocada en esa ubicación había sostenido de todo menos té. Stephano se mantiene como siempre algo alejado, de pie, callado, y si no fuera por su ruda presencia, que sin duda llama la atención, a veces me olvidaría que está ahí. Tomo asiento en la otra butaca, miro el reloj, no tengo tiempo que perder, o mejor dicho, no me gusta que me hagan perder el tiempo. Me impaciento.

-¡Pero dónde demonios está!-digo enfurecido.

Me levanto y salgo de mi despacho siguiendo el rastro de esa chica, con mis dos acompañantes pisándome los talones. Paso de largo la sala en la que se supone debería estar esperando, y subo unas escaleras siguiendo su peculiar aroma.

¿Qué canción sonaba? (III)

Ha llegado una entrada especial del ¿qué canción sonaba?

En esta ocasión no puedo hablar de una sola canción, porque de este grupo hemos usado diversas. Sobre todo en momentos MUY MUY clave de la historia de Aless y Marco, y con la dificultad de no hacer spoilers pues simplemente diré que por ejemplo en un viejo teatro londinense… Ahí lo dejo.

¡Ah! que se me ha olvidado decir de qué grupo hablo ¿no? Pues no podía ser otro que Mago de Oz. Grupo fetiche de ambas autoras, así que elección segura en muchos momentos cumbre. Muchas de sus canciones han inspirado escenas enteras… Pero creo que lo de este grupo va mucho más allá, no solo es la banda sonora de momentos de Aless y Marco, creo que es la banda sonora que nos acompaña de fondo cuando escribimos, y es que Mago inspira. Y diréis, ¿sólo inspira escenas de Aless y Marco? jajaja nooooo en Tempestades con Ever y Stephano también hemos usado mucho a Mago, pero creo que a Ever y Step, si tuviera que definirles un grupo, seria Extremoduro.

Para quien no los conozca, ¿es que hay alguien que no conoce a Mago? noooo, no puede ser!!!, jaj, pero por si hay algún despistado pues Mago de Oz es un grupo que nació a finales de los años 80 y es considerado como una banda de Folk Metal con mucha raíz celta. Sus canciones suelen ser muy potentes, y su puesta en escena muy teatral. Sus letras, a pesar de ser música dura, son muy poétias, muy sentidas, con frases que pueden llegar a ser lapidarias.


…Se me ponen los pelos de punta con ésta canción…

Estas dos canciones son las que sonaron en el Viejo teatro, acompañando a ambos protagonistas en ese momento tan especial de sus “vidas”. A decir verdad, el desarrollo de una de las escenas en las que sólo interviene de forma activa Marco está perfectamente cuadrada al segundo con la canción Volaverunt 666, cuando el ritmo de la cancón va in crescendo, también lo hace el desarrollo de la escena, los sentimientos del protagonista, aumentando así el ritmo de la acción hasta desencadenarlo todo y precipitar el final. La canción y la escena así lo merecían. Los momentos más intimistas, mezclados con el forcejeo, la sangre… esa ventana… el callejón…

Os dejamos algunas de las frases que más nos gustan de este grupo…

“Cuando un sueño se te muera o entre en coma una ilusión, no lo entierres ni lo llores, resucítalo”

“Echa a andar, y si la vida te pisa, desenvaina una sonrisa, y vuélvete a levantar”

“Cuando oigas a un niño preguntar, por qué el sol viene y se va, dile: “Porqué en esta vida no hay luz sin oscuridad”

“si puedes definir, el odio o el amor, amigo… que desilusión”

“y si en tu viaje oyes la voz del lado oscuro de tu corazón, elige bien o jamás volverás, del sueño del Grial nunca despertarás”

”Todos soñamos con ser un caballero y tener, algo por lo que luchar y, un amor que defender”

¿Qué canción sonaba? (II)

 

Bueno… si me dijeron que a Marco no le pegaba Robbie Willians, no me quiero ni imaginar la clase de linchamiento que me espera cuando hable de Rihanna.

NO, a Marco no le gusta Rihanna, ni Robbie Williams, bueno, puede que sí le gustara si tuviera el tiempo necesario y se tomara la molestia de escuchar esa clase de música, pero sus quehaceres diarios le mantienen muy ocupado, en sus noches solitarias encerrado en su despacho, suele decantarse por música que le haga recordar. A Marco le gusta la ópera. Oooooohh qué clásico, me diréis… oooohhhh, os contestaré, que queréis tiene  tres mil años… no creo que sea el momento en su vida para ponerse a escuchar hip hop.

Estas canciones han servido más de hilo conductor para nosotras, las escritoras, que para los personajes, creo; y ahora diréis ¿crees? ¿No estás segura?, pues no, no lo estoy. Creo que la única que vive pegada a la música, a su ipod y que en ocasiones canta a pleno pulmón es Ever.

Pues vamos con Rihanna, ¿en qué escena? ¿En qué momento? Bueno os voy a contar que la culpa la tiene la radio, cuando empezó a sonar Russian Roulette, y diréis, pues no hace años… pues sí, tantos años como hace que esta escena está escrita. Pero vamos a ponernos en ambiente…

Esa manera de empezar, lenta, cadenciosa… verla a lo lejos, saber que es ella, saber que es él… andar despacio, como queriendo retrasar el momento, alargar ese instante previo hasta que ninguna otra cosa tenga sentido, moviéndose despacio, porque cuando llegue hasta ella ya no habrá marcha atrás, las cartas están sobre la mesa, y ya no hay nada más que decir. El corazón de ella latiendo, apresuradamente, sirve de telón de fondo para ellos, para él…

Su primer encuentro…

Cuando sus ojos por fín se miran por primera vez, conscientes de ello…

Cuando sus manos se acarician por vez primera…

Sus labios recorren esos centímetros de piel que le devuelven la vida…

El momento en que lo apuestas todo a esa sola carta, en este caso a un solo disparo. Cuando poco a poco alzas el arma, y confías en que la bala no saldrá, y tendrás una nueva oportunidad de arriesgar. Ese disparo certero, que amenaza con terminar con todo, aunque al final lo que deseas es poder volver a apostar.

No diré donde. Ni cómo… no vamos a hacer spoilers, los que ya hayáis leído la novela sabéis de qué momento os hablo, de dónde está Alessandra, dónde está Marco,  qué les envuelve, qué hay a su alrededor…

A los que aún no lo tenéis… Océanos de Oscuridad

¿Qué canción sonaba? (I)

“Me senté en la barra, lugar de los perdedores, o de los que llevan mucha confianza en sí mismos, y pedí un whisky con hielo. La música empezó a sonar, sugerente, sin duda el hijo rebelde del pueblo londinense. Algo hizo que me girara hacia la puerta de entrada. Como un calambre, una dulce voz que me llamaba.”

Marco Vendel.

 

Éste es un pequeño párrafo extraído de las primeras páginas de Océanos de Oscuridad, puede que a muchos al leer no les llame la atención, otros, más curiosos, puede que se pregunten, ¿Qué música estaba sonando? Puede que sea un hablar por hablar de los autores, simplemente dices música, sin tan siquiera plantearte qué… pero éste no es el caso.

 

En el foro, cuando escribíamos, solíamos acompañar los escritos con fotografías o insertando vídeos del youtube. Así, si decíamos que Aless lucía un vestido rojo, o que la casa era de dos plantas con grandes balcones, añadíamos una foto exacta de cómo lo imaginábamos. Muchos de los textos, de los momentos más importantes de la historia, han ido acompañados de música, a pesar de no decirlo, o de que los personajes no lo mencionaran, siempre ha habido un hilo musical detrás, una banda sonora, desde Queen, Police, Mago de oz… algo que a nosotras nos ha ayudado a ambientarnos, incluso algunos textos están pensados por y para esa canción en especial, así que más que acompañar la música al texto, el texto ha puesto palabras a es música que sonaba en nuestras cabezas.

A la hora de reescribir la historia y darle forma de novela estos pequeños detalles se han perdido… ¿se han perdido del todo? Hombre, pues no, porque para eso está éste blog, ¿no? Para poder recuperar un poco esos pequeños matices, esas situaciones que para nosotras han sido tan especiales.

 

¿QUÉ CANCIÓN SONABA CUANDO MARCO REPARÓ EN ALESSANDRA POR PRIMERA VEZ, CUANDO SUS OJOS QUIZÁS LLEGARON A ENCONTRARSE DURANTE UNA FRACCIÓN DE UN SEGUNDO?

Pues en éste caso no podía ser otro que Robbie Williams. Pues sí, eso era lo que sonaba en el bar cuando Alessandra cruzó la puerta hechizando a Marco a golpe de cadera.

You Know me, de Robbie Williams, esta canción es la que nos acompañó en ese momento, Marco eligió la canción antes incluso de redactar esa escena, sabía que tenía que ser esa canción la que marcara ese momento tan trascendental en su milenaria vida. No me negareis que es una buena canción.

Escucharla…

Y decidme…

Si os apetece leed esa escena con la música de fondo…

¿No se vuelve un momento mágico? Adelante… Océanos de Oscuridad

Lady Edwina Scarlett Alessandra Valmont-Mountbatten

¿Cómo es Alessandra? Aless es una mujer joven, aunque obligada a crecer muy deprisa. Inteligente y perspicaz. Con una alta tolerancia y abierta a todo lo que el mundo le ofrece a su alrededor, sin prejuzgar sin antes conocer. Historiadora, a punto de terminar su tesis doctoral sobre el mismísimo Diablo y sus sectas, ha logrado arrinconar su turbio pasado y ahora vive haciendo de su vida un mar de aparente normalidad.

Hija de una de las familias aristocráticas más conocidas en Inglaterra, pronto abandona todo esos convencionalismos para marcar su propio destino. De tez pálida, y esbelta figura, su ondulada melena enmarca unos penetrantes ojos verdes que son capaces de ver más allá de lo que la razón le enseña.

Cuando se cruza en su vida la muerte. Así, sin más, sin medias tintas, su mundo se derrumba, su vida parece abocada a volver al punto inicial, perdida y sola, sólo el presentimiento de que algo bueno hay a su alrededor la mantiene anclada a la cordura, a veces nuestros fantasmas son nuestros mejores y únicos amigos. Conoce la felicidad más absoluta en uno de los momentos más devastadores de su corta existencia, y empieza aquí una tortuosa historia de amor y desenfrenada pasión, de esas que se recuerdan para el resto de la eternidad… una eternidad de la que ella no disfruta.

Apasionada, fiel, entregada, elegante sensual… son simples adjetivos que jamás alcanzarían a poder describir a esta mujer, que jugará un papel fundamental en la tres veces milenaria vida de su amado.

¿trilogía?

Primera entrada al blog que es una “petición” bueno, no exactamente, pero sí nos han preguntado diversas personas si nuestra novela se trataba de una trilogía, así que vamos a explicar un poco eso.

¿Es una trilogía? De momento NO. Pero lo dicho… sólo DE MOMENTO.

Océanos de Oscuridad es nuestra primera novela, y comprende (sin spoilers) desde que Marco y Aless se encuentran hasta un periodo no superior a unos 4 o 5 meses después de ese encuentro. Hay una segunda novela, ya escrita, corregida y editada… ¡a la que sólo le falta entrar a registro! Esa novela se llama Tempestades, y se trata de una segunda novela, pero no es la continuación cronológica de Océanos, ya que ambas novelas transcurren, narrativamente hablando, en el mismo periodo de tiempo, pero en Tempestades vemos lo que no se ha visto en Océanos, sobretodo de los personajes de Ever y Stephano. Así que mientras Océanos de Oscuridad se centra más en Alessandra y Marco, Tempestades da más protagonismo a Ever y Stephano, y muchas cosas que quedaron en el aire en la primera se resuelve en ésta segunda, y si lees con atención hay muchos detalles que se complementan entre ambas.

¿Hay una tercera? Sí… y no. ¡Estamos en ello! Pero somos mamis muy ocupadas y escribimos poco a poco, tratando de aprovechar los pocos momentos libres que nos dejan, y tras la fase creativa viene otra un poco más farragosa y entretenida como es la de corregir y pulir detalles. Sólo para que os hagáis una idea la semilla de Océanos se inició hace ya unos 5 años y Tempestades es un poco más reciente, pero sus 3 añitos debe tener también. Así que ¡¡¡PACIENCIA!!!!

Estamos alucinando con la acogida que ha tenido la fan page, ya contamos con casi 200 me gusta en un solo día, así que queríamos agradeceros mucho, desde el fondo del corazón (por no decir otro órgano) todo lo que os lo estáis currando, compartiendo, comentando, y ayudándonos. ¡Muchas gracias! De verdad… y esperamos que os dejéis seducir por la inmortalidad.